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viernes, 9 de mayo de 2014

LA ENSEÑANZA DE TUBAL


¿Creáis acaso que por llevar aquí dos o tres años, habéis aniquilado ya las larvas de vuestros vicios y defectos?
Mirad a aquel Kobda ya anciano, que distribuye la semilla a los labradores. Hace por lo menos veinte años que realiza esa misma ocupación y con una solicitud infatigable enseña a los labriegos a sembrar, a cultivar, a recolectar y preparar después los granos o los frutos. Hace una vida como veis, oscura, retirada, silenciosa. No deja morir ni un árbol ni una planta, sin que dé su fruto, su nueva semilla, que al año siguiente vuelve a la tierra para fructificar otra vez. De la labor que él realiza nos alimentamos todos, hombres y ganados dependientes de la Casa de Numú; y hasta de la paja de ciertos cereales, él se encarga de que las mujeres de los labriegos saquen la fibra que, en sus distintas escalas, sirve para las esteras de nuestros pisos, para las cortinas de nuestros santuarios, para cubrir nuestros cuerpos durante la vida, y envolver nuestros despojos cuando el alma ha partido a la inmensidad infinita.
¿Podemos calcular acaso, el amor que él da de sí a todas las millares de semillas que hace sembrar? Si le vierais, como lo he visto yo, cuidar y limpiar y preservar de soles ardientes y de hielos destructores esas semillas, para que no mueran una vez recolectadas, juzgaríais que ese hombre ve un ser vivo que siente y ama en cada semilla. Y cuando alguien le dice que es demasiado su sacrificio por unas semillas, dice tranquilamente:
"La evolución de estos seres está en nacer, crecer, dar frutos y agostarse, dejando una prolongación de sí mismas para renacer a su tiempo. Si yo en la medida de mis fuerzas coopero a esa evolución, cumplo con la Ley Divina de ayuda mutua y de amor a todos los seres. Después, todos estos millares de seres emanan irradiación benéfica para sus cultivadores y cooperan a que tengamos salud, paz y armonía entre nosotros y los labriegos cultivadores de nuestros campos."
¿Qué le importa a él que en el mundo exterior no sea conocido su nombre ni su obra, que parece perderse entre los graneros y los campos arados?
¿Acaso por ser desconocida e ignorada, su obra es menos real y meritoria?
En la infinita escala de las obras de Dios, no podemos precisar ni definir si hace obra más grande y buena, el que guía multitudes, o el que guía la evolución de las especies inferiores, porque la grandeza de la obra no está en la obra misma, sino en el pensar y el sentir de aquél que la realiza.

Entre el que guía multitudes, con el pensamiento de levantarse un pedestal de gloria para sí mismo, y el que sin ningún mezquino pensamiento cultiva las plantas de sus campos, sólo por amor a ellas, es indudable que éste último realiza una obra meritoria para sí mismo, a la vez que benéfica para aquellas especies que han recibido su solicitud. Las especies inferiores no adulan ni lisonjean, ni sirven de tentación y, aunque es verdad que el Altísimo manda a veces a sus hijos las pruebas difíciles de la grandeza y del poder de ocupar lugares prominentes, que ponen al ser como en la cúspide de una torre de marfil, a la vista de todos, también es verdad que El da los medios para salir triunfante de esas pruebas, cuando sin nosotros buscarlas, las hemos recibido como encargue divino.
El caso por ejemplo de nuestro hermano Bohindra, tan consagrado a sus cantos, a su lira, a sus plantas, a vitalizar con vibraciones de armonía el agua y el aire para los enfermos y los tristes, sin querer jamás salir a buscar el aplauso de los hombres. ¿Qué hizo él para que tantos y tantos pueblos pidieran el derecho de proclamarlo su soberano?
El buscó el olvido, la oscuridad, el retiro de todos los placeres de la vida carnal, pero el Altísimo que lo ha puesto encima de una torre a la vista de todos, está obligado por justicia a sacarlo a flote sin que ninguna tempestad lo hunda y ningún vendaval lo derribe.
Y así es todo en la vida del espíritu, al cual nunca le falta la fuerza y ayuda necesaria para mantenerse firme en el cumplimiento de la Ley. Y nuestras grandes caídas, y nuestros grandes errores, son porque muchas veces siguiendo el impulso de las larvas internas que aparentemente están muertas, pero que viven dentro de nosotros, nos salimos de nuestros senderos ya marcados al encarnar, y nos perdemos en encrucijadas sin salida. Y cuando por fin el amor de algún ser misericordioso nos vuelve al camino, ¡Cuántas desgarraduras en nuestro vestido y cuántas llagas en nuestro corazón!
Haceos cada día estas preguntas y contestadlas con toda la sinceridad que seáis capaces, sabiendo de antemano que sólo Dios y vosotros mismos conoceréis las respuestas:
— ¿Por qué vine a la Casa de Numú?
— ¿A qué vine?
— ¿Por qué quiero salir a la sociedad de los hombres?
— ¿Qué busco de ellos?
— ¿Qué les daré yo?
— ¿Me apena la vida oscura y desconocida?
— ¿Pienso con mucha frecuencia en los sacrificios o molestias que me tomo por los demás?
— ¿Rehuyo pensar en las molestias o sacrificios que los demás hacen por mí?
— ¿Soy capaz de reconocer mis errores?
— ¿Soy capaz de reconocer la virtud ajena?
— ¿Soy capaz de obrar el bien aún sin esperanza de ninguna recompensa?
— ¿Soy capaz de sembrar una semilla, y cultivarla y regarla aún cuando sepa que no gozaré yo de mi esfuerzo y sacrificio?
El día que os podáis contestar satisfactoriamente todas estas preguntas, sin que en vuestra propia conciencia se levante una voz para desmentiros, entonces será llegado el momento de que vayáis sin peligro, en medio de las multitudes, donde no encontraréis más que lazos hábilmente tendidos en que los débiles y los incautos caen a millares.

La Enseñanza de Tubal.
Orígenes de la Civilización Adámica Tomo I.

sábado, 7 de septiembre de 2013

ENSEÑANZA DE BOHINDRA A LA REINA ADA SOBRE QUÉ ES LA HUMANIDAD

 [O.C.A Tomo III. Cap. El Velo Blanco]




—Mi Reina, mi dulce Reina —le dijo— todo mi afán en estas dos últimas etapas de vida terrestre que has vivido a mi lado, ha consistido en cubrir para ti con pétalos de rosas blancas las miserias humanas, porque en lo más hondo de mi propio yo, me parece escuchar una voz que me dice que me fuiste dada como una caricia del Infinito, como una cadencia, como un perfume, como resplandor de un suave amanecer, para que me fueras tierno recordatorio de la Bondad, de la Belleza, del Amor Eterno e Infinito del cual somos una chispa todos los seres de la creación.
Soy yo el domador de fieras y tú eres la alondra que le arrulla en su agitado sueño. Soy yo el picapedrero que a golpes de pico abre caminos en medio de la montaña, y eres tú la abejita silenciosa que labora la miel para mojar con ella mis labios sedientos y resecos. Soy yo el luchador que pone el pecho frente a las flechas de los enemigos, y tú el agua fresca que cura mis heridas y apaga mi sed. Sigue siendo alondra, abejita y agua fresca y pura, que por hoy, la Eterna Ley no te exige nada más.

Preguntabas en tus quejas, qué es la humanidad que todo lo enloda, lo pisotea y lo maltrata, que nada comprende, que de las cosas bellas y grandes hace surgir inmundicias y locuras y vértigo.
¡Mi Reina!. . . Si tú entras en una leprosería ¿qué ves? ¿qué oyes? ¿qué sientes? Llagas infectas, gritos horribles, olores insoportables. Estamos en un mundo de enfermos, de lisiados, de contrahechos morales y espirituales, con el agravante que se creen perfectamente sanos y gozando de la plenitud de todas sus facultades, juzgándonos a quienes vemos y palpamos su gravísimo estado moral, como desequilibrados, como seres anormales, que vivimos de la quimera y del ensueño.

Nosotros somos la minoría, ellos nos centuplican en número: su pesada irradiación, sus groseras emanaciones fluídicas las horribles vibraciones de sus bajos y malignos pensamientos nos causan torturas, enfermedades y casi nos ahogan por asfixia. Pero si hemos querido sumarnos a la legión de los seguidores del Hombre-Luz., del Hombre-Amor, del Hombre-Maestro y Médico de almas, por fuerza de ley hemos de soportar las tinieblas, la ingratitud, la ignorancia y la enfermedad de los moradores de esta leprosería y casa correccional que no otra cosa es el planeta Tierra en su actual estado de evolución.